¿Estado de ánimo? por los suelos, ¿moral? ninguna, ¿fe? no la encuentro, ¿el amor? una utopía, la vida un juego para ganar.
A lo largo del día llegamos a utilizar tantas máscaras diferentes, que por la noche al estar frente a frente delante del espejo y quitarnos la última, es imposible no mirar ese rostro como un extraño, un desconocido, como alguien que no se reconoce a si mismo.
Duele tanto cuando nos quitamos esa última máscara y vemos nuevamente la realidad, ese yo, que ha estado escondido todo el día. Y por fin sale a la luz. Y nuevamente vienen los miedos, las dudas, las inseguridades, las ganas de parar el mundo, sentarse y verlo con más calma. Pero más aún duele cuando a la mañana siguiente mientras te haces el nudo de la corbata otra vez las máscaras vuelven a ti.
Pero quién forja esas máscaras, esas caretas de cartón piedra que nos hacen ser personajes de la comedia del arte, donde nada es real pero todo explica la realidad, que curioso ¿no?. Nada real pero es la realidad.
Y es que sin quererlo no nos damos cuenta, que más allá de mis vagos ideales de bohemio, la vida es teatro, es un pequeño escenario donde todos formamos parte de él, y aunque no queramos la función siempre debe de continuar, que luego en el camerino nos sentamos encima de algún baúl y lloramos, pero al público no se le puede fallar.
Ponte la máscara, sal fuera, sonríe, y si es preciso, haz de tu tragedia una comedia.
Carrión
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